domingo, 23 de junio de 2024

Epidemiología de la atresia biliar

 Autor/a: Laurel Cavallo, Erin M. Kovar, Amal Aqul, Lucille McLoughlin, Naveen K. Mittal, Norberto Rodriguez-Baez, Benjamin L. Shneider y otros J Pediatr 2022;246:89-94

Introducción

La atresia biliar, una enfermedad hepática grave de la infancia con una prevalencia estimada de 5 a 10 por cada 100.000 nacimientos, es la principal indicación de trasplante hepático pediátrico en todo el mundo.1

La atresia biliar se caracteriza por obstrucción del sistema de conductos biliares. Como resultado, la bilis no puede salir del hígado hacia los intestinos para ayudar a digerir las grasas. En cambio, la bilis se retiene en el hígado, lo que lleva a lesión hepática, fibrosis hepática progresiva y, si no se trata, enfermedad hepática en etapa terminal hacia el primer año de vida.2

A pesar de la morbilidad significativa de la atresia biliar, sus aspectos etiológicos clave, incluyendo cuándo comienza la enfermedad, siguen siendo desconocidos. Una posibilidad es que la atresia de la vía biliar se adquiera después del nacimiento, lo cual es consistente con los bebés que típicamente parecen saludables como recién nacidos, con discordancia en gemelos idénticos y sin recurrencia en las familias.3 Sin embargo, otras líneas de evidencia importantes argumentan que la atresia biliar comienza en el útero. Por ejemplo, los lactantes con atresia biliar tienen marcadores de laboratorio elevados de retención biliar al nacer, lo que indica que la enfermedad puede estar ya presente.4 Además, se han informado anomalías en la ecografía fetal y el análisis del líquido amniótico, lo que sugiere que los defectos en el desarrollo biliar ocurren ya en la semana 15 de gestación.5

Aproximadamente 10%-30% de los pacientes con atresia biliar también tienen malformaciones de otros órganos, lo que indica problemas más amplios durante el desarrollo embrionario.6,7 En este estudio, se propuso la novedosa hipótesis de que si la atresia de la vía biliar comienza en el útero, entonces se asociaría con factores epidemiológicos tempranos clave relevantes para el desarrollo fetal. Para explorar esta hipótesis, se aprovecharon los datos de un gran registro de defectos congénitos.

Métodos

Este estudio fue aprobado por las Juntas de Revisión Institucional del Departamento Estatal de Servicios de Salud de Texas y de la Facultad de Medicina de Baylor. Todos los pacientes formaban parte del Registro de Defectos de Nacimiento de Texas (RDNT), uno de los mayores centros de vigilancia activa de anomalías congénitas administrados por la Subdivisión de Vigilancia y Epidemiología de Defectos de Nacimiento del Departamento Estatal de Servicios de Salud de Texas.

Los miembros del RDNT visitan rutinariamente todas las maternidades, hospitales generales, hospitales pediátricos, y establecimientos de parteras en Texas, y examinan los códigos diagnósticos de alta registrados para defectos de nacimiento en todos los bebés menores de 1 año. Los códigos diagnósticos utilizados son entradas de 6 dígitos basadas en la Clasificación de Enfermedades de la Asociación Pediátrica Británica (APB) y la Clasificación Internacional de Enfermedades, Novena Revisión, de la Organización Mundial de la Salud, con modificaciones realizadas por los Centros para Control y Prevención de Enfermedades (los códigos se denominan "códigos APB" en este documento).

La población de estudio incluyó bebés nacidos en Texas entre el 1 de enero de 1999 y el 31 de diciembre de 2014. Se consideró a los lactantes con atresia biliar cuando cumplieron 3 criterios:

(1) al menos 1 registro médico con menos de 1 año de vida con el código APB para atresia biliar (751.60);

(2) 
registros revisados manualmente por el personal del RDNT para garantizar que el curso clínico fuera consistente con atresia biliar;

(3)
 registros del RDNT revisados nuevamente por un hepatólogo pediátrico para excluir a los pacientes que probablemente tenían otra afección. Al igual que en otros estudios que utilizaron datos del RDNT, los pacientes de la Región de Salud Pública 5/6 de Texas fueron excluidos de este análisis debido a diferencias en las estrategias de vigilancia y verificación de casos.8-10

Recopilación de datos y definiciones de variables

Se obtuvieron los factores epidemiológicos tempranos relevantes para el desarrollo fetal de los registros vitales. Las variables de los lactantes incluyeron sexo, edad gestacional, época de concepción y pluralidad. La edad gestacional se dividió en >37 semanas (término), 32-37 semanas (prematuro moderado a tardío) y <32 semanas (muy a extremadamente prematuro), y la época de la concepción se clasificó en primavera (marzo-mayo), verano (junio-agosto), otoño (septiembre-noviembre), e invierno (diciembre-febrero) en base a la fecha estimada de la última menstruación de la madre.

Las variables maternas incluyeron raza/etnia (según la clasificación del RDNT), edad, embarazos previos que resultaron en un nacido vivo, embarazos anteriores que no resultaron en un nacido vivo, diabetes, índice de masa corporal, educación y residencia cerca de la frontera Texas-México durante el embarazo. El índice de masa corporal se dividió en categorías de bajo peso (<18,5 kg/m2), normopeso (18,5-<25,0 kg/m2), sobrepeso (25,0-<30,0 kg/m2), y obesidad (≥30 kg/m2). Los factores paternos incluyeron raza/etnia, edad y educación.

También se evaluó la presencia de malformaciones concurrentes entre los niños con atresia biliar.7
Los pacientes con atresia biliar aislada (subgrupo 1) no tenían defectos de nacimiento importantes.
Los pacientes con atresia biliar y defectos de nacimiento sin lateralidad (subgrupo 2) tenían al menos otra malformación mayor no relacionada con la mala posición de los órganos.
Los pacientes con atresia biliar y lateralidad de anomalías congénitas (subgrupo 3) tenían al menos una malformación importante relacionada con mal posición de órganos.

Esto incluyó ubicaciones incorrectas de los vasos (anomalías de la aorta, anomalías de la arteria pulmonar, venas pulmonares parcialmente anómalas, vena cava superior izquierda persistente, vena cava superior bilateral o terminación de vena porta anómala), órganos torácicos (dextrocardia), y/o órganos abdominales (desplazamiento o transposición del estómago, malrotación del ciego/colon, malrotación del intestino delgado, páncreas anular, asplenia, poliesplenia, bazo del lado derecho o situs inversus).

Análisis estadístico

Para identificar asociaciones entre la atresia biliar y los factores que podrían influir en el desarrollo fetal, se calcularon primero las proporciones de prevalencia no ajustada (PP) con IC 95% usando análisis de regresión de Poisson con datos de todos los nacidos vivos como denominador.

Las variables se consideraron significativamente asociadas con atresia biliar cuando el IC 95% excluyó 1,00. Luego se calcularon las PP ajustadas y los IC 95% evaluando todas las variables significativas en un modelo de regresión de Poisson ajustado multivariable.

Para los modelos ajustados, la raza/etnia paterna fue excluida debido a un alto porcentaje de respuestas faltantes (14,5%). Además, se realizaron análisis repetidos para subgrupos de casos basados en la presencia de malformaciones concurrentes como se describió anteriormente. Todos los cálculos se realizaron utilizando Stata 14.0 (StataCorp).

Resultados

Hubo 4.689.920 de nacimientos durante el período de estudio, incluyendo 341 lactantes con código diagnóstico de atresia biliar en el RDNT. De estos, 21 pacientes fueron excluidos porque se consideró que padecían una enfermedad hepática distinta de la atresia biliar después de la revisión manual de sus descriptores de caso, y 15 pacientes fueron excluidos porque tenían anomalías cromosómicas u otros trastornos mendelianos.

Se consideró que los 305 pacientes restantes tenían atresia biliar sin otros síndromes genéticos conocidos, resultando en una prevalencia al nacer de 6,5 por 100.000 nacimientos. Año tras año, la prevalencia varió de 0,49 a 0,78 por 10.000 nacimientos sin ninguna tendencia temporal reconocible.

A continuación, se evaluó el impacto de los factores epidemiológicos tempranos relevantes para el desarrollo fetal en la prevalencia de la atresia biliar al nacer. Los factores infantiles que se asociaron positivamente con atresia biliar incluyeron sexo femenino (PP ajustada, 1,68; IC 95%, 1,33-2,12), edad gestacional de 32-37 semanas (PP ajustada, 1,64; IC 95 %, 1,18-2,29), y edad gestacional <32 semanas (PP ajustada, 3,85; IC 95%, 2,38-6,22). Un factor infantil inversamente asociado con atresia biliar fue la estación de concepción en el otoño en relación con la primavera (PP ajustada, 0,62; IC 95%, 0,45-0,86).

Los factores maternos que fueron significativamente más comunes en los casos de atresia de la vía biliar incluyeron raza/etnia negra no hispana en relación con raza/etnia blanca no hispana (PP ajustada, 1,54; IC 95%, 1,06-2,24) y diabetes materna (PP ajustada, 2,34; IC 95%, 1,57-3,48). La asociación con diabetes materna fue significativa para la diabetes pregestacional (PP ajustada, 4,94; IC 95%, 2,32-10,54) pero no para la diabetes gestacional. Los factores paternos fueron excluidos del modelo ajustado debido a un alto porcentaje de respuestas faltantes.

Cuando los casos de atresia biliar se dividieron en subgrupos según la presencia de malformaciones concurrentes, hubo 212 casos en el subgrupo 1 (69,5%) con atresia de vías biliares aislada, 66 casos en el subgrupo 2 (21,6%) con defectos de nacimiento sin lateralidad afectando más comúnmente al sistema cardiovascular y genitourinario, y 27 casos en el subgrupo 3 (8,9%), con defectos congénitos con lateralidad afectando más comúnmente los sistemas cardiovascular y digestivo.

En general, el impacto de los factores epidemiológicos tempranos relevantes para el desarrollo fetal fue consistente a lo largo de los subgrupos de atresia biliar, especialmente para aquellos con atresia biliar aislada. Ejemplos de excepciones incluyeron la no asociación con el sexo femenino en el subgrupo 3 o con la diabetes materna en el subgrupo 2; sin embargo, las estimaciones en estos grupos estuvieron limitadas por el tamaño de la muestra.

Discusión

Estos hallazgos sugieren que los factores relacionados con el desarrollo fetal parecen predisponer a los lactantes a la atresia biliar.

Específicamente, se halló que la atresia biliar fue significativamente más común entre los lactantes de sexo femenino, prematuros, concebidos en temporadas que no sean el otoño, nacidos de madres negras no hispanas, o nacidos de madres con diabetes pregestacional.

Es importante destacar que estas asociaciones también se observaron en lactantes con atresia biliar aislada, que no tienen otras malformaciones importantes o signos de desarrollo fetal interrumpido. Estos resultados plantean la posibilidad de que los eventos tempranos de la vida influyan en la aparición de atresia de las vías biliares y apoyan la hipótesis de que la atresia biliar comienza en el útero.

Algunas asociaciones identificadas en este estudio concuerdan con informes anteriores, aunque cómo éstas podrían contribuir a la patogenia de la atresia biliar sigue sin estar claro. Por ejemplo, muchos, pero no todos, los estudios han informado una mayor tasa de atresia biliar en mujeres.11-16 Sin embargo, hasta la fecha, no se han hallado factores específicos femeninos que puedan contribuir a problemas en el desarrollo de los conductos biliares. Del mismo modo, múltiples estudios han informado una mayor incidencia en recién nacidos prematuros.14-17

Una posibilidad es que un evento biliar temprano pueda causar sufrimiento fetal y parto prematuro Alternativamente, los bebés nacidos prematuramente pueden ser propensos al daño de los  conductos biliares cuando están fuera del ambiente intrauterino. También se han informado posibles asociaciones con la temporada de concepción/nacimiento y con la raza/etnia materna.12-14,18-23

Un estudio en la Polinesia Francesa identificó una mayor incidencia de atresia biliar con los nacimientos en estaciones más secas, mientras que diferentes estudios sobre raza/etnia sugirieron que la atresia biliar ocurre uniformemente en la población o más a menudo en niños de madres negras no hispanas.18-20,22

La diabetes materna se asoció fuertemente con casos aislados de atresia biliar.

Estudios previos han reportado asociaciones con la atresia biliar con defectos de lateralidad, incluido un estudio que examinó la diabetes gestacional específicamente.7,24 La observación adicional en la atresia biliar aislada plantea la posibilidad de que la hiperglucemia fetal pueda influir en el desarrollo de los conductos biliares de forma aislada, sin afectar el desarrollo de otros órganos.

En segundo lugar, en el análisis de sensibilidad de los casos de los autores entre 2005 y 2014 cuando el inicio de la diabetes también fue registrado, la diabetes pregestacional más que la diabetes gestacional tuvo una asociación significativa con la atresia de vías biliares. Se informó una observación similar con datos del Estudio Nacional de Prevención de Defectos de Nacimiento.25

Los hallazgos indican que la atresia biliar comienza temprano en el desarrollo, antes de las 24 semanas de gestación, precediendo al inicio de la hiperglucemia de la diabetes gestacional.26 Esta potencial aparición temprana concuerda con otros estudios de atresia biliar que muestran anomalías morfológicas de la vesícula biliar desde las 15 semanas de gestación o niveles bajos de gamma-glutamil transferasa en el líquido amniótico (lo que indicaría obstrucción biliar) a las 18-19 semanas de gestación.5

Este estudio también identificó factores no asociados con atresia biliar que proporcionan pistas potenciales sobre la patogenia de la enfermedad. Por ejemplo, la edad materna no se asoció significativamente con la atresia biliar, sugiriendo que las aberraciones cromosómicas que surgen a medida que los gametos envejecen no promueven el desarrollo de esta patología. Además, el orden de nacimiento no se asoció con la prevalencia de atresia biliar. Si la atresia biliar fuera una enfermedad aloinmune, los primeros embarazos probablemente se verían menos afectados mientras que los embarazos posteriores serían más susceptibles.27

Finalmente, los bebés nacidos de madres que vivían cerca de la frontera entre Texas y México no tuvieron más probabilidades de tener atresia biliar. Vivir cerca de la frontera Texas-México es un factor de riesgo independiente para el desarrollo de otros defectos de nacimiento.28

Una limitación importante de este estudio es la forma en la que se constataron los casos de atresia biliar. Aunque el RDNT tiene una cobertura sin precedentes en todo Texas y ha sido validado en estudios previos de defectos congénitos, existen escenarios en los que los casos podrían estar mal clasificados. Por ejemplo, un paciente que nació en Texas pero luego se mudó a otro estado antes de que se diagnosticara la atresia biliar habría sido pasado por alto.

Además, un paciente sin atresia biliar podría haber sido incluido si los datos en la base del RDNT no estaban los suficientemente completos como para excluir a los lactantes con un diagnóstico incorrecto de atresia biliar. Sin embargo, se asume que el RDNT capturó con precisión la atresia biliar, porque la prevalencia al nacer coincide con la prevalencia al nacer en otros estudios.Además, la proporción de cada subgrupo se aproximó a las tasas reportadas previamente de 67%-84% para atresia biliar aislada, 6% para atresia biliar y defectos de no lateralidad, y 10% para atresia biliar y defectos de lateralidad.7

En conclusión, los autores identificaron factores relevantes para el desarrollo fetal que son más comunes en bebés con atresia de vías biliares en comparación con la población general. Estos factores incluyen el sexo femenino, el parto prematuro y la diabetes materna pregestacional. Las asociaciones también están presentes en casos aislados de atresia biliar que no tienen otras malformaciones. Estos resultados son consistentes con eventos de la vida temprana que influyen en la patogenia de la atresia biliar y justifican estudios adicionales que investiguen eventos in útero.

Comentario

La atresia biliar es una enfermedad grave de la infancia caracterizada por obstrucción del sistema de conductos biliares que lleva a lesión hepática, fibrosis progresiva y, si no se trata, enfermedad hepática en etapa terminal hacia el primer año de vida.

A pesar de su morbilidad significativa, sus aspectos etiológicos clave, incluyendo cuándo comienza la enfermedad, siguen siendo desconocidos.

El presente estudio sugiere que ciertos factores relacionados con el desarrollo fetal podrían predisponer a los lactantes a la atresia biliar.

Específicamente, se halló que la atresia biliar fue significativamente más común en lactantes de sexo femenino, prematuros, concebidos fuera del otoño, nacidos de madres negras no hispanas, o de madres con diabetes pregestacional; estas asociaciones también se observaron en niños con atresia biliar aislada, sin otras malformaciones importantes o signos de desarrollo fetal interrumpido. Estos resultados plantean la posibilidad de que eventos tempranos de la vida influyan en la aparición de este cuadro y apoyan la hipótesis de que la atresia biliar podría comenzar en el útero. Se justifica la realización de nuevos estudios que investiguen estos eventos.


Traducción, resumen y comentario objetivo: Dra. María Eugenia Noguerol

Clase 12 Epidemiologia del VIH SIDA

 https://drive.google.com/file/d/0B5aAsFkz7OTIUGdVVXFsZXlCb0k/edit?resourcekey=0-5pF5Xb49WAHBOJbA8x_aOg

Clase 11 Epidemiologia aplicada a las enfermedades infecciosas transmisibles

https://drive.google.com/file/d/0B5aAsFkz7OTITF92OUFOLUt5RFk/edit?resourcekey=0-oyWk69ySgs9ur_4U1Bh3xg 

Clase 10 Ensayos clinicos controlados

 https://drive.google.com/file/d/0B5aAsFkz7OTIYjYxMEFFTnE3bnM/edit?resourcekey=0-6WlT4jhwj3Mw2HWJiPg21w

Clase 9 Evaluación de pruebas de tamizaje y diagnostico

 https://drive.google.com/file/d/0B5aAsFkz7OTIVGtqdV9PM2tFSkE/edit?resourcekey=0-msWLReJ4MxwXdxzZ4EoOXg

Clase 8 Causalidad en Epidemiologia

 https://drive.google.com/file/d/0B5aAsFkz7OTIVFI2OXQ4U3ZhbWM/edit?resourcekey=0-J9tG2e2X6Dn7D4mrH5pYrA

Clase7 Estudios de Cohorte

 https://drive.google.com/file/d/0B5aAsFkz7OTINmZKVjdvaFRyNnM/edit?resourcekey=0--9-HdGBlVmDoMp5Q0MJHVQ

Clase 6 Diseño de casos y controles

 https://drive.google.com/file/d/0B5aAsFkz7OTIV0k3VTdXUjYzWTQ/edit?resourcekey=0-qRa2Eyv_eqK1lxSzyYsGsg

Clase 5 Estudios de prevalencia

 https://drive.google.com/file/d/0B5aAsFkz7OTIeEt5QUk1OFFrVXc/edit?resourcekey=0-pmLohwrYg6Y5dqS_52XAmg

Clase 4 Clasificacion general de los estudios epidemiologicos

 https://drive.google.com/file/d/0B5aAsFkz7OTIZ1pvOWVuYzBRNEU/edit?resourcekey=0-iyYkWKH7aO-ua4RwR41mTQ

Clase 3 Mediciciones y asociaciones de impacto

 https://drive.google.com/file/d/0B5aAsFkz7OTIWURlaHZQbVVaWms/edit?resourcekey=0-Uj2olbrnrsk98PqZrlFy5A

martes, 24 de enero de 2017

Fiebre Amarilla:alerta epidemiológica OPS

Fiebre Amarilla: alerta epidemiológica OPS

Durante el 2016, Brasil, Colombia y Perú notificaron casos confirmados de fiebre amarilla
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Figura 1. Ubicación geográfica de casos probables y confirmados de fiebre amarilla
notificados en las Américas durante 2016 y 2017
Brasil confirmó seis casos de fiebre amarilla durante 20161 y el número de epizootias, especialmente en el estado de São Paulo, durante 2016 aumentó considerablemente en comparación a los años anteriores. En efecto, desde el inicio del año y hasta el 12 de diciembre de 2016 en el estado de São Paulo se notificaron 163 epizootias en primates no humanos (PNH) con un total de 227 animales afectados. Hasta la fecha de elaboración de este informe un total de 16 epizootias (correspondientes a 24 PNH) fueron confirmadas y otras 35 fueron descartadas. Las restantes continúan bajo investigación.
Los municipios de São Paulo con epizootias confirmadas para fiebre amarilla son Ribeirão Preto (Jaboticabal, Monte Alto y Ribeirão Preto); Barretos (Cajobi y Severínea) y São José do Rio Preto (Pindorama, Potirendaba, Catanduva, Ibirá, Adolfo, Catiguá y São José do Rio Preto)2. Adicionalmente, el 4 de enero de 2017 la Secretaria de Salud de Fernandopolis, en el mismo estado de São Paulo, confirmó la muerte de un PNH infectado por fiebre amarilla.
El animal fue encontrado el 8 de diciembre en una zona ubicada entre São Vicente de Paulo y Recanto do Tamburi. El 6 de enero de 2017, el Centro Nacional de Enlace (CNE) para el Reglamento Sanitario Internacional (RSI) de Brasil notificó a la Organización Panamericana de la Salud, Oficina Regional de la Organización Mundial de la Salud (OPS / OMS) la ocurrencia de 23 casos sospechosos y probables de fiebre amarilla, incluidos 14 defunciones, ocurridos en 10 municipios de Minas Gerais (Figura 2). La fecha de inicio de síntomas del primer caso es del 18 de diciembre de 2016. En 12 casos en los que la información está  disponible, todos son del sexo masculino, residentes de área rural, con una mediana de edad de 36,6 años (rango de 7 a 53 años). La investigación se encuentra en curso.

Figura 2. Ubicación geográfica de casos sospechosos y probables de fiebre amarilla
notificados en Minas Gerais, 2016 – 2017
En Colombia, desde la SE 1 hasta la SE 52 de 2016, se notificaron 12 casos de fiebre amarilla selvática (7 confirmados por laboratorio y 5 probables). Los casos confirmados fueron notificados por los departamentos de Antioquia, Amazonas, Guainía, Meta, Vaupés y Vichada.
Los 7 casos confirmados son hombres, 57% de ellos están en el grupo entre 20 y 29 años de edad. Seis de los siete casos confirmados fallecieron (tasa de letalidad de 85,7 %). Tal como indicado en la Actualización Epidemiológica del 14 de diciembre de 2016, la confirmación de casos tanto en Vichada (frontera con  Venezuela) como en Chocó (frontera con Panamá) y Guainía (frontera con Venezuela y Brasil) representa un riesgo de circulación del virus hacia estos países sobre todo en las áreas en que comparten un mismo ecosistema.

Tabla 1. Distribución de casos probables y confirmados por departamento de procedenciaFuente: Datos publicados en el Boletín Epidemiológico del Instituto Nacional de Salud. SE 52 y reproducidos por la OPS/OMS.
En Perú, hasta la SE 51 de 2016 se notificaron 80 casos de fiebre amarilla selvática, incluidas 26 defunciones, de los cuales 62 fueron confirmados y 18 clasificados como probables. De los 25 departamentos del Perú, los casos fueron notificados en 10, siendo Junín el departamento que notificó el mayor número de casos confirmados y probables (52 casos).
El número de casos confirmados y probables notificados en Perú desde la SE 1 hasta la SE 51 de 2016, supera al número de casos (confirmados y probables) notificados en los 9 años anteriores.
Recomendaciones
Ante el aumento de casos confirmados y epizootias por fiebre amarilla en países de la Región, la OPS/OMS recomienda a los Estados Miembros que continúen con los esfuerzos para detectar, confirmar y tratar adecuada y oportunamente los casos de fiebre amarilla en un contexto de circulación de varios arbovirus. Para ello habrá que mantener al personal de salud actualizado y capacitado para detectar y tratar adecuadamente los casos en especial en áreas conocidas de circulación del virus.
  • La OPS/OMS alienta a los Estados Miembros para que realicen las acciones necesarias para mantener informados y vacunados a los viajeros que se dirigen a zonas donde la certificación de la vacuna contra la fiebre amarilla es obligatoria.
     
  • La OPS/OMS no recomienda ningún tipo de restricciones a los viajes o al comercio a países donde existen brotes activos de fiebre amarilla.
     
  • Se mantienen las recomendaciones emitidas en la Alerta Epidemiológica de Fiebre Amarilla publicada el 31 de diciembre de 2015 y a continuación se detallan las recomendaciones relacionadas con vigilancia, manejo clínico y medidas de prevención y control.
Vigilancia
La vigilancia epidemiológica de la fiebre amarilla debe estar orientada a (i) la detección precoz de la circulación del virus para la adopción oportuna de medidas adecuadas de control orientadas a prevenir nuevos casos, (ii) impedir la progresión de brotes, (iii) y evitar la reurbanización de la enfermedad.

La modalidad de la vigilancia a implementar es una combinación de:
  • Vigilancia de casos clínicos compatibles con la enfermedad utilizando las definiciones de casos de la OMS.
  • Vigilancia del síndrome febril ictérico.
  • Vigilancia de epizootias.
  • Vigilancia de eventos post vacunales supuestamente atribuibles a la vacunación contra la fiebre amarilla.
  • La vigilancia del síndrome febril ictérico por lo general se utiliza en sitios centinela. Emplea una definición más sensible y los casos deben ser excluidos mediante pruebas de laboratorio.
Diagnóstico de laboratorio
El diagnostico de fiebre amarilla se realiza mediante la detección del material genético del virus en sangre o tejido utilizando la reacción en cadena de la polimerasa (PCR, por sus siglas en ingles), y por medio de pruebas serológicas para la detección de anticuerpos del tipo IgM.
Diagnóstico virológico
Durante los primeros 5 días tras el establecimiento del cuadro clínico (fase aguda, período virémico) es posible realizar la detección del RNA viral a partir de suero mediante técnicas moleculares como la transcriptasa reversa (RT, por sus siglas en ingles)-PCR convencional o tiempo real. Un resultado positivo (en presencia de controles adecuados) confirma el diagnóstico.
El aislamiento viral puede realizarse por inoculación intracerebral en ratones o en cultivo celular, pero por su complejidad es poco utilizado como metodología diagnóstica y se recomienda únicamente para estudios de investigación complementarios a la vigilancia en salud púbica.
Diagnóstico serológico
La serología (detección de anticuerpos específicos) es útil para realizar el diagnóstico de fiebre amarilla durante la fase aguda y convaleciente de la enfermedad (es decir, después del día 6 tras el inicio de los síntomas).
Un resultado positivo de IgM mediante la técnica de ELISA (MAC-ELISA o cualquier otro inmunoensayo) en una muestra tomada después del 6to día de inicio de síntomas, es presuntiva de infección reciente por fiebre amarilla. La confirmación sólo puede realizarse al demostrar un incremento del título de anticuerpos (cuatro veces o más) en muestras pareadas y mediante técnicas cuantitativas.
Es importante tener en cuenta que las pruebas serológicas pueden dar reacciones cruzadas, especialmente en lugares endémicos para diversos flavivirus. Por esta razón, en sitios donde co-circulan varios flavivirus se recomienda que la confirmación serológica se realice con métodos más específicos como la neutralización en placa (PRNT) y una vez se ha descartado la infección por otros agentes que forman parte del diagnóstico diferencial. En cualquier caso, los resultados de las pruebas serológicas deben ser interpretados cuidadosamente, teniendo en cuenta además la historia de vacunación del paciente.
Diagnóstico post-mortem
El estudio histopatológico en cortes de hígado constituye el “método de oro” para el diagnóstico en casos fatales sospechosos de fiebre amarilla. El análisis incluye la descripción microscópica típica de las lesiones por fiebre amarilla (necrosis mediozonal, cambios grasos, entre otros), detección de los cuerpos de Councilman (patognomónicos), y la inmunohistoquimica que revela proteínas virales en el interior de los hepatocitos. Si bien la inmunohistoquimica para fiebre amarila presenta buena especificidad, considerando
que existe la posibilidad de reacción cruzada con otros flavivirus antigénicamente relacionados, se recomienda la deteccion molecular por la técnica de Reaccion en Cadena de la Polimerasa (RCP) a partir de muestras de tejido fresco o conservado en parafina para la confirmación de los casos.
Consideraciones de bioseguridad
Las muestras de suero de pacientes en fase aguda se consideran potencialmente infecciosas. Todo el personal de laboratorio que manipule este tipo de muestra, deberá estar vacunado contra la fiebre amarilla. Asimismo, se recomienda el uso de cabinas de bioseguridad clase II certificadas para el manejo de las muestras, extremando las precauciones para evitar accidentes por punción.
Considerando que el diagnóstico diferencial de fiebre amarilla incluye las fiebres hemorrágicas causadas por arenavirus, las muestras deberán ser manejadas bajo condiciones de contención BSL3, y se deberá realizar una rigurosa evaluación del riesgo y análisis de la historia clínica antes de realizar cualquier manipulación en el laboratorio.
Manejo clínico
No existe un tratamiento antiviral específico contra la fiebre amarilla, sin embargo, las medidas de sostén son críticas. Los pacientes graves han de ser tratados en unidades de cuidados intensivos. El tratamiento de apoyo general con administración de oxígeno, fluidos endovenosos, y vasopresores está indicado para tratar la hipotensión y la acidosis metabólica. Se deben incluir protectores gástricos para disminuir el riesgo de sangrado digestivo.
En los caso graves el tratamiento incluye ventilación mecánica, tratamiento de la coagulación intravascular diseminada, empleo de plasma fresco congelado para el tratamiento de la hemorragia, empleo de antibióticos para posibles infecciones secundarias y manejo del fallo hepático y renal. Otras medidas de soporte son el empleo de sonda nasogástrica para proporcionar apoyo nutricional o prevención de la distensión gástrica, y diálisis para los pacientes con insuficiencia renal o acidosis refractaria.
En los casos leves, el tratamiento es sintomático. No se deben emplear salicilatos por el mayor riesgo de sangrado.
Diagnóstico diferencial
Las distintas formas clínicas de la fiebre amarilla debe diferenciarse de otras enfermedades febriles que evolucionan con ictericia, manifestaciones hemorrágicas o ambas. En la Región de las Américas las principales enfermedades que deben considerarse en el diagnóstico diferencial de la fiebre amarilla son:
  • leptospirosis
  • malaria grave
  • hepatitis virales, especialmente la forma fulminante de la hepatitis B y la hepatitis D
  • fiebre hemorrágica virale
  • dengue
  • fiebre tifoidea y tifus
  • hepatotoxicidad o hepatitis fulminantes secundarias a medicamentos tóxicos
Aislamiento de pacientes
Debe evitarse el contacto del paciente infectado por el virus de la fiebre amarilla con mosquitos del género Aedes, al menos durante los primeros 5 días de la enfermedad (fase virémica). Se recomienda la utilización de mosquiteros que pueden o no estar impregnados con insecticida o permanecer en un lugar protegido con mallas antimosquitos. El personal sanitario que atienda a pacientes con fiebre amarilla debe protegerse de las picaduras utilizando repelentes así como vistiendo manga y pantalón largos.
Medidas de prevención y control
La medida más importante de prevención de la fiebre amarilla es la vacunación
Vacunación
La medida más importante de prevención de la fiebre amarilla es la vacunación. La vacunación preventiva puede realizarse mediante la inmunización sistemática en la infancia o a través de campañas masivas únicas con el fin de aumentar la cobertura vacunal en las áreas de riesgo, y también mediante la vacunación de quienes viajen a zonas de riesgo.
Ante la sospecha de fiebre hemorrágica deberá implementarse las medidas de control de infecciones correspondientes.

La vacuna contra la fiebre amarilla es segura y asequible, y proporciona una inmunidad efectiva contra la enfermedad al 80-100% de los vacunados al cabo de 10 días, y una inmunidad del 99% al cabo de 30 días.

Una sola dosis es suficiente para conferir inmunidad y protección de por vida, sin necesidad de dosis de refuerzo. Los efectos colaterales graves son extremadamente raros.
Dada las limitaciones en la disponibilidad de vacunas se recomienda que las autoridades nacionales realicen una evaluación de las coberturas de vacunación contra fiebre amarilla en áreas de riesgo a fin de focalizar la distribución de las vacunas.
Adicionalmente, se recomienda mantener un stock de vacunas a nivel nacional para responder a eventuales brotes.
La vacuna contra la fiebre amarilla está contraindicada en:
  • personas con enfermedades febriles agudas, con compromiso de su estado general de salud;
  • personas con antecedentes de hipersensibilidad a los huevos de gallina y sus derivados;
  • mujeres embarazadas, salvo en situación de emergencia epidemiológica y siguiendo recomendaciones expresas de las autoridades de salud;
  • personas severamente inmunodeprimidas por enfermedad (por ejemplo, cáncer,
  • leucemia, SIDA, etc.) o por medicamentos
  • menores de 6 meses (consultar el prospecto del laboratorio de la vacuna.
  • personas de cualquier edad que padezcan alguna enfermedad relacionada con el timo.

PrecaucionesSe recomienda evaluar individualmente el riesgo epidemiológico de contraer la enfermedad frente al riesgo de aparición de un evento adverso en mayores de 60 años que previamente no han sido vacunados.
Control del mosquito
El riesgo de transmisión de la fiebre amarilla en zonas urbanas puede reducirse a través de una efectiva estrategia del control del vector. Combinada con las campañas de vacunación de emergencia, la fumigación con insecticidas para eliminar los mosquitos adultos puede reducir o detener la transmisión de la fiebre amarilla, entretanto las poblaciones vacunadas adquieran la inmunidad.
Los programas de control de mosquitos de zonas selváticas no son factibles para prevenir la transmisión de la fiebre amarilla selvática.
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ARGENTINA
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Disposiciones de la Organización Mundial de la Salud
Requerimientos para la vacunación contra la fiebre amarilla

Deberán vacunarse sólo quienes viajen a zonas con riesgo de infección y las personas que residen en Misiones y Corrientes y vayan a países que requieran su aplicación para poder ingresar.
A partir de un nuevo mapa de riesgo de la Organización Mundial de la Salud (OMS) sobre la vacunación contra la fiebre amarilla, el Ministerio de Salud de la Nación informa que deberán vacunarse todas aquellas personas que se dirijan a países con riesgo de infección, así como también quienes residan en Misiones y Corrientes y vayan a países donde se exija su aplicación.
Las personas que no viven en las provincias mencionadas y viajen a países que la requieran para evitar la posibilidad de que el virus ingrese en su territorio, tendrán que solicitar el certificado de validez internacional que los exime de su aplicación. La tramitación de dicho certificado para ser presentado al ingreso en los países que la soliciten a viajeros está contemplada en el Reglamento Sanitario Internacional (RSI).
Con el objetivo de favorecer el acceso a la población a las vacunas y prevenir la reintroducción del virus al territorio nacional, la cartera sanitaria a cargo de Jorge Lemus, en coordinación con la Ciudad de Buenos Aires, dispuso la colaboración del vacunatorio del Hospital Muñiz, ubicado en Uspallata 2272, que funcionará los martes y jueves de 13 a 17. Mientras que las personas que vivan en el interior del país podrán dirigirse a las distintas unidades sanitarias que se detallan en el siguiente link: www.msal.gob.ar/viajeros/index.php?option=com_content&view=article&id=299&Itemid=93#sthash.HwpqLHuX.dpuf
Asimismo, se informa que debido a refacciones, el personal de la Dirección de Sanidad y Fronteras de Ingeniero Huergo 690 (CABA) —lugar habitual donde se aplicaba esta vacuna— se dedicará a extender los certificados de exención para aquellos viajeros que lo requieran, mientras que las personas que tengan la indicación de vacunarse deberán concurrir al Hospital Muñiz en los horarios indicados.
Se recuerda que las autoridades sanitarias de Brasil, Bolivia y Paraguay no solicitan a los ciudadanos argentinos certificado internacional de vacunación para ingresar a sus territorios.
Requerimientos de vacunación
• Es prioridad prevenir la fiebre amarilla vacunando sólo a quienes visiten zonas de riesgo de contraer la enfermedad y no tengan contraindicación para la vacunación.

• No deben revacunarse quienes hayan recibido una dosis de vacuna contra la fiebre amarilla luego del segundo año de vida. Se evita de esta manera que reciban la vacuna quienes no tienen riesgo de enfermarse o tienen riesgo de desarrollar eventos secundarios a su aplicación.
Certificado de exención
Se debe/puede extender un certificado de exención de vacunación contra la fiebre amarilla a los siguientes casos:
• Quienes no hayan permanecido en las provincias de Misiones y Corrientes o en zonas de países con riesgo de transmisión durante los últimos 15 días.

• Quienes tengan contraindicaciones o precauciones para recibir la vacuna.

• Quienes viajen a países que no representan un riesgo de transmisión.

• Los adultos vacunados a quienes en el país de destino les exigen revacunarse pasados los 10 años de la primera aplicación.
Contraindicaciones para recibir la vacuna contra fiebre amarilla
• Niños menores de 6 meses
• Antecedentes de alergia a cualquiera de los componentes de la vacuna: huevo, proteínas de pollo o gelatina
• Alteraciones del sistema inmune
• Enfermedad del timo
• Infección por VIH
• Otras Inmunodeficiencias, tumores malignos y trasplantes
• Tratamientos inmunosupresores e inmunomoduladores
• Las personas comprendidas en los grupos que se detallan a continuación tienen un mayor riesgo de desarrollar efectos adversos a la vacunación, potencialmente graves, por lo que se debe evaluar la indicación de la vacunación
• Niños entre 6 y 8 meses de vida
• Adultos de 60 años o mayores que se vacunan por primera vez contra la fiebre amarilla
• Embarazo o lactancia
Fuente: Msal http://www.msal.gob.ar/prensa/index.php?option=com_content&view=article&id=3041%3Asolo

Epidemiologia de la enfermedad de parkinson

Epidemiología de la enfermedad de Parkinson

Actualización y avances epidemiológicos de los últimos 10 años
Autor: Alberto Ascherio, Michael A Schwarzschild. Lancet Neurol 2016; 15: 1257–
Página 1
≈ Introducción
Los grandes descubrimientos han cambiado la comprensión de la enfermedad de Parkinson (EP) y sus determinantes. Si bien los estudios genéticos han revelado la heterogeneidad de la EP y proveyó más conocimientos sobre su patogénesis y etiología, las investigaciones epidemiológicas han proporcionado evidencia de que los factores conductuales y ambientales representan un papel clave en la patogénesis y la progresión de la enfermedad.
Esta evidencia se ve reforzada y complementada por haber observado que el 90% de los casos no tiene ninguna causa genética identificable, y que muchos factores asociados con un riesgo alterado de EP poseen propiedades neuroprotectoras o neurotóxicas en los modelos animales de la enfermedad.
Debido a que la mayoría de los estudios epidemiológicos no distingue A la EP idiopática de la EP debida a mutaciones genéticas, y basados más en criterios clínicos que en criterios diagnósticos patológicos, de aquí en adelante los autores se refieren a la EP sin más especificación, entendiendo que las conclusiones impulsadas por la definición de EP esporádica más comúnmente definida desde el punto de vista clínico, podría no aplicarse a las formas monogenéticas, y pueden estar afectadas por la exactitud del diagnóstico clínico, que típicamente es solo del 80-90% cuando se compara con los hallazgos patológicos.
Esta revisión se basa principalmente en estudios realizados dentro de cohortes bien definidas de individuos sin EP que han proporcionado muestras biológicas o información sobre las exposiciones de interés en el momento del reclutamiento, y luego fueron seguidos prospectivamente para detectar la ocurrencia de la EP de reciente diagnóstico; esta Incluye estudios de control de casos anidados dentro de estas cohortes. La validez de estas investigaciones requiere información precisa sobre las exposiciones y factores de confusión potenciales y sus cambios en el tiempo, la duración e integridad del seguimiento y la averiguación de la EP y su diagnóstico correcto.
Las debilidades de uno o más de estos aspectos son comunes y por lo tanto la comprensión de los factores de riesgo requiere una evaluación de cada investigación y la exploración de posibles explicaciones alternativas de los resultados reportados.
La mayor disponibilidad de grandes bases de datos electrónicas ha proporcionado una fuente adicional de información de datos epidemiológicos, que son particularmente útiles para investigar la relación entre los medicamentos recetados y otros eventos (por ej., el traumatismo craneano) y el riesgo de EP, pero carecen de información precisa sobre los factores de confusión y las fechas de comienzo de la enfermedad.
La fecha de inicio de la enfermedad suele ser equiparada a la a fecha del diagnóstico o del primer tratamiento de la EP, que en algunos individuos puede ser años después del comienzo de los síntomas. Teniendo en cuenta estas limitaciones, los autores se han referido a estos estudios para complementar la inferencia que podría hacerse de cohortes prospectivas.
► Epidemiología descriptiva de la enfermedad de Parkinson. Las diferencias metodológicas dificultan las comparaciones de la incidencia de la EP en todos los estudios. Sin embargo, se pueden hacer algunas inferencias. La EP es la segunda enfermedad neurodegenerativa (después de la enfermedad de Alzheimer), con una tasa de incidencia media anual estandarizada por edad en países de altos ingresos de 14/100.000 habitantes de la población total y 160/100.000 personas ≥65 años.
Quizá una medida más interpretable que la frecuencia de la enfermedad sea el riesgo durante toda la vida que fue estimado en 2% para los hombres y 1,3% para las mujeres, para los individuos de 40 años en EE. UU., teniendo en cuenta los riesgos competitivos (por ej., muerte por otras causas como las enfermedades cardiovasculares o el cáncer).
La prevalencia de la EP, que refleja tanto la incidencia como la mortalidad, parece ser más baja en África que en Europa y las Américas. La incidencia en Asia es similar a la de estas dos últimas. Los datos sobre la incidencia por raza o etnia son escasos e inconsistentes. En un estudio realizado en Nueva York se halló mayor incidencia entre las personas de raza negra que en las de raza blanca, mientras que en los participantes de una gran organización de salud de EE. UU. la incidencia más elevada de EP ajustada por la edad y el sexo fue entre los hispanos (16,6/100.000 personas), seguida por las personas de raza blanca no hispanas (13,6), asiáticos, (11,3) y personas de raza negra (10,2).

En un estudio basado en los beneficiarios de Medicare de EE. UU. se halló mayor incidencia en las personas de raza blanca que en las de raza negra o asiáticos. Una disminución anual del 6% en el aumento de la EP desde 1999 a 2009 en el Reino Unido fue atribuida al mejor diagnóstico de los diferentes ´síndromes parkinsonianos, ya que la incidencia global del parkinsonismo se mantuvo constante. En contraste, tanto el parkinsonismo como la EP disminuyeron entre la década de 1990 y 2000-10 en Rotterdam, Países Bajos, y aumentaron desde 1976 a 2005 en Minnesota, EE.UU.
La incidencia de EP es baja antes de los 50 años pero aumenta rápidamente con la edad, llegando en la mayoría de los estudios a los 80 años, probablemente debido al subdiagnóstico con el aumento de la edad. Es probable que la disminución espuria de la incidencia de EP con el aumento de la edad ocurra debido a la prevalencia creciente de demencia, la cual, cuando se presenta en el momento del inicio de los síntomas motores, es un criterio de exclusión para el diagnóstico de la EP. El cociente de la incidencia hombre:mujer (H:M) oscila entre 1,3 y 2.0 en la mayoría de los estudios, pero se han observado tasas tan bajas como 0,95 en Asia, posiblemente como reflejo de las diferencias sexuales en el tabaquismo.
≈ Factores de riesgo
► Productos lácteos
El riesgo de EP aumenta en los Individuos con un consumo elevado de leche y lácteos. En un metaanálisis de los resultados de Nurses’ Health Study y del Health Professionals Follow-up Study (HPFS); el Honolulu-Asia Ageing Study (HAAS) y el Cancer Prevention Study II Nutrition mostraron un riesgo relativo (RR) de EP de 1,6 comparando la categoría de mayor consumo de lecha con la de menor consumo de leche.
Ni la vitamina D (agregada a la leche en EE. UU) ni la ingesta de calcio explicaron esta asociación. Una asociación positiva para el consumo de leche, también en la cohorte de la Finnish Mobile Clinic y el consumo de leche y otros productos lácteos en la cohorte del European Prospective Investigation into Cancer and Nutrition-Greece.
Un metaanálisis actualizado que incluyó todos los estudios anteriores avaló una asociación entre la ingesta elevada de productos lácteos y el riesgo de EP, que fue mayor en los hombres que en mujeres. La asociación inversa entre el consumo de leche y la densidad neuronal en la sustancia negra entre los no fumadores de la cohorte del HAAS.
En el mismo estudio, la detección de residuos de heptacloro-epóxido, más comúnmente en el cerebro de los que bebieron más leche comparados con los que no bebían leche, mostró que este contaminante podría ser una causa relacionada con el riesgo de EP. Aunque la posibilidad de que un contaminante de la leche intervenga en la asociación entre el consumo de lácteos y el riesgo de EP no pueda excluirse, en general los resultados de múltiples cohortes y países son más consistentes con el aumento del riesgo de EP asociado con los efectos de la disminución del urato de los productos lácteos.
≈  Plaguicidas
La hipótesis de que la exposición a los plaguicidas y otros químicos ambientales aumenta el resigo de EP fue sugerida por el descubrimiento de los efectos neurotóxicos de un metabolito de 1-metil, -4-fenil-1,2,3,6-tetra hidropiridina (MPTP), que en el cuerpo se convierte a una molécula pro-parkinsoniana, con una estructura similar al herbicida paraquat. En la cohorte HAAS, el riesgo de EP aumentó con la mayor duración del trabajo en las plantaciones (RR 1,9 para ≥20 años vs. ninguno) y, aunque de manera no significativa, con la exposición autonotificada a los plaguicidas.
En Francia se halló una asociación positiva no dependiente de la dosis entre la exposición a los plaguicidas─estimada a través de un modelo exposición laboral─y el riesgo de EP. En la cohorte del CPS-IIN, la exposición a los plaguicidas en 1982, que fue autorreportada por el 6% de los participantes, se asoció con una duplicación del riesgo de EP después de 1992; no se halló asociación para la exposición a otros 11 productos químicos.
En el Agricultural Health Study, el riesgo de EP aumentó uniformemente con el mayor número de días de exposición a los plaguicidas; El RR fue 2,3 durante más de 397 días vs. menos de 64 días de exposición durante toda la vida. En una investigación prospectiva de Finlandia, las concentraciones sanguíneas de plaguicidas organoclorados (los únicos plaguicidas para los que una sola concentración de sangre proporciona una medida razonable de la exposición a largo plazo) no se asociaron al riesgo de EP, lo que indica que son otras clases de plaguicidas las que aumentan el riesgo de EP.
En el Agricultural Health Study se hallaron asociaciones positivas entre el riesgo de enfermedad y la exposición a plaguicidas que se sabe afectan el complejo mitocondrial I (incluida la rotenona) o causan estrés oxidativo (incluyendo el paraquat) . En general, la evidencia de que la exposición a plaguicidas aumenta el riesgo de EP es importante, pero sigue siendo incierto cuál es el riesgo asociado de compuestos específicos.
≈ Metanfetamina
La metanfetamina se une al transportador de la  dopamina presináptica aumentando así las concentraciones de dopamina extracelular, y en animales experimentales daña las neuronas dopaminérgicas de la substancia negra produciendo cambios patológicos similares a los observados en el cerebro de los pacientes con EP. En dos estudios se halló una asociación entre el uso de anfetaminas o metanfetaminas y el riesgo de EP.
Los fumadores tienen un riesgo marcadamente reducido de EP
≈ Cáncer

Ha quedado documentado que existe un riesgo mayor de EP entre los Individuos con melanoma. En un gran estudio danés que incluyó más de 8.000 pacientes con EP, el diagnóstico de melanoma se asoció a un riesgo 44% mayor de desarrollar EP. Asociaciones similares fueron reportadas en un estudio nacional en Suecia. Por otra parte, se ha reportado un riesgo más elevado de melanoma en Individuos con EP temprana (generalmente definida como EP en los 5 años siguientes al diagnóstico y con síntomas no suficientemente graves como para un tratamiento dopaminérgico) enrolados en estudios aleatorizados.
La causa subyacente de estas asociaciones positivas todavía se desconoce. Un factor de riesgo compartido por la EF y el melanoma es el color del pelo (el riesgo de ambos aumenta desde el negro hasta el castaño, rubio y rojo). El hallazgo de un aumento del riesgo de EP entre los individuos con antecedentes familiares de melanoma sugiere una predisposición genética común, pero las asociaciones entre los alelos del pelo rojo o el riesgo de melanoma y la EP no han sido probadas, y los alelos conocidos de susceptibilidad a la EP parecen no estar relacionados con el riesgo de melanoma. Por otra parte, en un estudio nacional no hubo un aumento del riesgo de melanoma entre los hermanos de pacientes con EP.
Otros factores de riesgo comunes o biomarcadores de la EP y el melanoma incluyen el tabaquismo (inverso), la cafeína (inverso) y los telómeros más cortos (inverso).
Debido a que los fumadores tienen un riesgo marcadamente reducido de EP, los cánceres relacionados con el EP tienden a estar inversamente asociados. Los datos sobre la relación entre los cánceres no relacionados con el tabaco y  el riesgo de EP son inconsistentes, aunque una revisión mostró que la reducción general del riesgo de cáncer en las personas con EP no está completamente explicada por el tabaquismo.
≈ Lesión cerebral traumática
Las lesiones cerebrales traumáticas pueden causar alteración de la barrera hematoencefálica, inflamación cerebral prolongada, alteración de la función mitocondrial, mayor liberación de glutamato y acumulación de α-sinucleína en el cerebro, todo lo cual podría contribuir a una mayor Incidencia de EP luego de este tipo de lesión. Sin embargo, los resultados de varias investigaciones sugieren que el riesgo de EP parece aumentar enseguida después de una lesión cerebral traumática, pero gradualmente disminuye con el tiempo.

En un estudio danés de 13.000 casos de EP, el RR de la enfermedad después de la concusión fue 6,6, dentro de los 3 meses siguientes a la lesión; 1,9 entre 4 y 12 meses; 1,8 entre 1 y 4 años; 1,4 entre 5 y 9 años; después de 10 años de cualquier tipo de lesión craneana no hubo aumento del riesgo de EP. En un estudio similar realizado en Suecia sobre 18.000 casos de EP, el RR para la enfermedad fue 3,34 dentro de los 12 meses tras una hospitalización por lesión cefálica, pero disminuyó a 1,28 en 1-4 años; 1,18 en 5-9 años y 1,17 después de 10 años.

Probablemente, el aumento del riesgo de EP en ambos estudios pueda explicarse por la mayor frecuencia de caídas y traumas craneanos en individuos con EP temprana (causalidad inversa), pero es difícil establecer si existe un aumento del riesgo de EP a largo plazo. Un estudio danés comprobó que muchos pacientes tienen síntomas de EP varios años antes del registro de su diagnóstico y que la primera prescripción farmacológica para la EP a menudo precedió a la fecha de la primera consulta hospitalaria por dicha enfermedad. La causalidad inversa también podría explicar los resultados de otros estudios con un seguimiento corto después de una lesión cerebral traumática.
≈ Índice de masa corporal y diabetes
Existe una relación compleja entre la resistencia a la insulina y la EP
Los resultados de estudios longitudinales no han hallado asociación entre el índice de masa corporal (IMC) y el riesgo de EP. La excepción es una cohorte de Finlandia, en la que el sobrepeso (IMC 27-29,9) y la obesidad (IMC ≥30) fueron factores de riesgo de EP. El hallazgo de un aumento del riesgo de EP en los individuos con aumento del espesor del pliegue cutáneo en el tríceps o del cociente cintura:cadera sugiere que la distribución adiposa podría ser un mejor Indicador del riesgo de EP que la masa gasa total.
En un estudio de cohortes finlandés, el síndrome matabólico se asoció con un riesgo 50% menor de EP; esta asociación fue principalmente impulsada por la hiperglucemia en ayunas. Por el contrario, en una cohorte de Finlandia, en investigaciones de bases de datos de Dinamarca y Taiwán, en el Physician Health Study y en la cohorte NIH-AARP se ha reportado un mayor riesgo de EP en individuos con diabetes tipo 2 (DM2), lo que no fue comprobado en dos grandes cohortes prospectivas estadounidenses.
Estos resultados conflictivos sugieren que existe una relación compleja entre la resistencia a la insulina y la EP, que quizás está modificada por otros factores, como la hiperuricemia, que es un factor de riesgo de DM, pero inversamente asociada a la EP. La  DM y la EP podrían tener mecanismos celulares comunes: disfunción mitocondrial y subexpresión del regulador de la transcripción PPARγ coactivador 1α (PGC1α), que estimula la biogénesis mitocondrial y la respiración. Por otra parte, el riesgo de EP en la DM podría reducirse mediante el uso de fármacos antidiabéticos como la metformina, la exenatida o los inhibidores de la dipeptidil peptidasa.
≈ Colesterolemia e hipertensión
En la cohorte de Rotterdam y el HAAS se ha comprobado un riesgo más bajo de EP en los participantes con colesterolemia elevada mientras que en una gran cohorte de Finlandia se halló un aumento marcado y significativo de dicho riesgo. En el Nurses’ Health Study y el HPFS (n = 530 para ambas cohortes combinado), el riesgo de EP disminuyó con el aumento del colesterol en la sangre pero no se asoció con el antecedente de hipercolesterolemia o hipertensión arterial. Estos resultados discordantes sugieren que hay factores de confusión desconocidos que modifican la asociación de la colesterolemia con el riesgo de EP.
≈ Alcohol
En general, los resultados de estudios longitudinales muestran que el riesgo de EP desciende un poco en los bebedores en comparación con los no bebedores, un resultado que coincide con los efectos de la elevación del urato en las bebidas alcohólicas. Sin embargo, en un estudio basado en el Registro Nacional de Pacientes Internados de Suecia, con la inclusión de más de 1.000 casos de EP, el abuso de alcohol (definido como la hospitalización por trastornos por el uso de alcohol) ha sido asociado con el aumento del riesgo de EP.
≈ Hormonas posmenopáusicas y factores reproductivos
La mayor incidencia de EP en los hombres que en las mujeres sugiere la existencia de determinantes hormonales del riesgo de EP. El 33% de las participantes del Cancer Prevention Study que recibieron estrógenos mostró un aumento del riesgo de muerte por EP comparadas con las mujeres que no recibieron estos fármacos. En las mujeres del Nurses´ Health Study y las de cohorte de Dinamarca y del NIH-AARP, el uso de hormonas en la posmenopausia se asoció con un aumento no significativo del riesgo de EP.
Los resultados de estos estudios indican que el uso de hormonas en la posmenopausia aumenta el riesgo de EP, más que un riesgo disminuido sugerido por la diferente prevalencia entre hombres y mujeres. La asociación entre el uso de estrógenos y la EP podría estar modificada por la cafeína. En general, no hay pruebas convincentes de la asociación entre el riesgo de la EP y los factores reproductivos, incluyendo la edad de la menarca, el uso de anticonceptivos orales, el historial de embarazos o la menopausia.
≈ Vitaminas y otros micronutrientes
La ingesta total de vitaminas antioxidantes, incluyendo las vitaminas C y E, y de carotenoides no se asoció con el riesgo de EP en las cohortes del Nurses´ Health Study y HPFS. Los hallazgos de estudios longitudinales indican que no hay asociación entre el riesgo de EP y el ácido fólico y las vitaminas B, excepto por una relación inversa entre la ingesta de vitamina B6 y la EP en la cohorte de Rotterdam.
La ingesta de vitamina D y de calcio tampoco parece estar relacionada con el riesgo de EP. En una cohorte finlandesa, la concentración de 25(OH)D sérica, un marcador del estado de la vitamina D, se asoció inversamente con el riesgo de EP. La deficiencia de vitamina D es común en la EP y se ha postulado que podría tener valor pronóstico. En la EP, el hierro se acumula en la sustancia negra y se ha postulado que la sobrecarga de hierro es un mecanismo potencial en la patogénesis de la EP.
Esta hipótesis se debilita en ausencia de la asociación entre el número de donaciones de sangre─inversamente correlacionadas con la ferritina y el hierro corporal total─y el riesgo de EP. En el único estudio longitudinal que evaluó la ingesta de hierro, el hierro total no se asoció con el riesgo de EP. La información sobre la asociación de otras vitaminas y minerales con el riesgo de EP es escasa o no está disponible.
≈ Grasas y otros macronutrientes
En el HPFS y el Nurses 'Health Study, el l reemplazo de la grasa poliinsaturada por grasa saturada se asoció con el riesgo de EP en los hombres, pero no en las mujeres. En la cohorte de Rotterdam, el riesgo de EP disminuyó con el aumento de la ingesta de grasa total o de grasas poliinsaturadas mientras que en el Singapore Chinese Health Study, el riesgo de EP estuvo inversamente relacionado con la ingesta de grasas monoinsaturadas para los cuartilos más alto al más bajo; pero no con las grasas poliinsaturadas.
En el HAAS, la ingesta de grasas poliinsaturadas se asoció con el riesgo de EP pero solo entre los no fumadores. Por el contrario, en la cohorte NIH-AARP se observó una asociación positiva entre la poca ingesta de grasas poliinsaturadas y el riesgo de EP. En general, no hay pruebas convincentes de que la ingesta de grasa total o de ácidos grasos diferentes o de otros macronutrientes esté relacionada con el riesgo de EP.
≈  Otros factores
Hay muchos factores posibles de riesgo de EP para los cuales la evidencia todavía es escasa o inconsistente. Estos factores son los factores que influyen en edades tempranas como la estación del nacimiento, el peso al nacer, la edad paterna y varias infecciones como el sarampión (asociación inversa), infecciones del SNC, hepatitis C y Helicobacter pylori. La influenza ha sido asociada a un mayor riesgo de parkinsonismo pero no a la EP. El manganeso puede causar parkinsonismo pero las pruebas no son concluyentes respecto del riesgo de EP.
En estudios basados en registros suecos y en estudios de rosácea en Dinamarca se halló que los individuos con enfermedades autoinmunes y los de mayor nivel socioeconómico tienen un aumento de los factores de riesgo de EP. Por último, existe un creciente interés, pero no hay datos longitudinales, en el papel potencial de los disolventes (por ej., tricloroetileno) como factores de riesgo adverso y del microbioma intestinal como un modulador del riesgo de EP.
≈ Factores protectores
► Tabaco
En varias investigaciones prospectivas se informó un riesgo bajo de EP entre fumadores de tabaco, y también ha sido reportado en usuarios de tabaco sin humo (por ej., tabaco de mascar) . Los resultados de estas investigaciones mostraron que el riesgo de la enfermedad disminuye hasta un 70% con la mayor duración del tabaquismo y el lapso transcurrido desde que los ex fumadores dejaron de fumar. La estrecha asociación, en clara dosis-respuesta, y la robustez para el ajuste multivariado crean confusión en cuanto a que los factores de riesgo conocidos de EP sean una explicación poco probable de esta disminución del riesgo. Por otra parte, la relación inversa entre el tabaquismo y la EP en gemelos monocigotas hace que la explicación genética sea altamente improbable.
Aunque los individuos predispuestos a la EP tienden a tener puntajes de riesgo opuesto y de búsqueda de sensación bajos (consistentes con una personalidad premórbida de EP), y por lo tanto son menos inclinados a iniciar o continuar el consumo de cigarrillos, el ajuste por el puntaje de búsqueda de sensación solo atenuó ligeramente la relación inversa entre el tabaquismo y la EP, lo que sugiere que estos factores actúan de manera independiente. De manera similar, los rasgos de personalidad tales como la inestabilidad emocional y la a introversión no explican la relación entre fumar y el riesgo de EP. Se ha sugerido que hay menor capacidad de respuesta a la nicotina durante la fase prodrómica de la enfermedad, de manera que la cesación de fumar podría ser un aspecto preclínico de la EP.
Esta hipótesis, sin embargo, no explica el riesgo más bajo de EP en los fumadores comparados con los no fumadores; debido a que la edad más frecuente para comenzar a fumar está por debajo de los 30 años, de manera que la fase prodrómica de la EP tendría que comenzar en la década de los 20 años para explicar esta asociación. Alternativamente, las diferencias constitucionales ocurridas al azar ya se manifiestan en la década de los 20 años y quizás podría determinar la susceptibilidad tanto a la adicción a la nicotina como al riesgo bajo de EP. Sin embargo, hay dos conclusiones importantes que parecen contradecir la hipótesis prodrómica y constitucional de la enfermedad. Si el tabaquismo redujo el riesgo de EP, un cambio en la conducta con el cigarrillo en la relación H:M cambiaría la incidencia de la EP en la relación  H:M, pero no se esperaría ningún cambio si no hay una relación causal.
En un estudio ecológico, sobre la base de los cambios sustanciales producidos en el consumo de cigarrillos en la relación H:M de los diferentes países y cohortes de nacimiento se halló una correlación significativa entre la relación H:M observada en la incidencia de EP y el hábito de fumar. En general, los resultados sugieren que fumar reduce un 74%. El riesgo de EP. Aunque no se puede excluir la confusión de otros factores con tendencias geográficas e históricas similares a fumar, estos datos apoyan un papel causal del tabaquismo en la reducción del riesgo de EP.
Por otra parte, si la asociación inversa entre la a incidencia de EP se debió a una disminución de la respuesta a la nicotina en los individuos con EP prodrómica o constitucionalmente predispuestos a esa enfermedad, no es de esperar que el tabaquismo de los padres sea un predictor del riesgo de EP en los hijos (a menos que se postule que la predisposición constitucional a la EP sea heredada, lo que se contradice con los resultados de los estudios en gemelos). La asociación inversa entre el tabaquismo de los padres y el riesgo de EP proporciona evidencia indirecta de un efecto protector del tabaco─el menor riesgo de EP se explicaría por la mayor frecuencia de tabaquismo entre los hijos de fumadores.
Aunque ninguno de estos argumentos en sí mismo proporciona una prueba incuestionable, la evidencia de que el uso de tabaco disminuye el riesgo de EP es convincente. Los posible efectos terapéuticos de la nicotina, que en algunos modelos animales de EP se mostró como un neuroprotector, está siendo investigada en un ensayo aleatorizado en pacientes con EP (18 meses de diagnóstico), pero no se puede excluir el papel de otros componentes del tabaco.
Café y cafeína
En varias cohortes prospectivas se ha comprobado que los bebedores de café tienen un riesgo más bajo de EP en comparación con los no bebedores, lo que se atribuye al consumo de cafeína. La asociación es más fuerte y estrecha en los hombres (sobre todo en los de consumo más elevado de café o cafeína) que en las mujeres, probablemente debido a una interacción entre la cafeína y las hormonas posmenopáusicas.
El consumo de cafeína se asoció con una reducción del riesgo de EP entre las mujeres que no usan hormonas en la posmenopausia pero no en las que usan hormonas. Sin embargo, esta interacción entre la cafeína y las hormonas no fue corroborada en la cohorte NIH-AARP.
En estudios longitudinales y Singapur se hallaron asociaciones inversas entre el consumo de cafés y cafeína y el riesgo de EP. Por el contrario, en la cohorte de gemelos suecos no se halló asociación entre el consumo de café y el riesgo de EP, pero el poder del estudio estuvo limitado por el hecho de que solo el 3% de los os participantes reportó ningún consumo de café. En general, la evidencia que relaciona el consumo de café con el riesgo de EP es sólida, pero la incertidumbre sigue en relación a posibles interacciones con las hormonas sexuales y la dosis-respuesta.
Un efecto neuroprotector de la cafeína, que es un antagonista del receptor de adenosina, está bien documentado en modelos de EP y probablemente esté mediada por el bloqueo del receptor A2A de la adenosina. Este efecto es más fuerte en ratones machos que en ratones hembras y, como en las mujeres, en los roedores parece haber una interacción entre la cafeína y los estrógenos. Aunque la cafeína es el componente neuroprotector más probable del café, también pueden contribuir otros constituyentes (por ej., el cafestol).
Las dosis bajas de cafeína tienen beneficios sintomáticos en la marcha congelada, la bradicinesia o la rigidez. Otros antagonistas del receptor A2A más selectivos (por ej., istradefilina y tozadenante) brindan beneficios sintomáticos en ensayos clínicos de pacientes con EP tratados con levodopa. La posibilidad de que la cafeína (un antagonista inespecífico de la adenosina) u otros antagonistas de los receptores A2A más selectivos tengan efectos neuroprotectores no ha sido rigurosamente investigada en ensayos con individuos con EP. Teniendo en cuenta el perfil de seguridad bien establecido de la cafeína y sus probables efectos benéficos en la prevención de las condiciones comunes entre los individuos con EP, como la depresión, sus efectos neuroprotectores potenciales en individuos que no son habituales consumidores de cafeína merecen más investigación.
► Té verde y té negro                                                                      
El riesgo de EP es menor en los bebedores de té que entre los no bebedores, aunque esta asociación es más aparente en individuos que no son bebedores de café. En un estudio de cohortes de Singapur, el consumo de té negro se asoció con una reducción del riesgo de EP no así con el consumo de té verde. Debido a que la asociación persistió después del ajuste por el consumo total de cafeína, los autores llegaron a la conclusión de que los que contribuyen en la reducción del riesgo de EP sean los componentes del té que no se hallan en el café. Este análisis preliminar─que parece contradecir los primeros estudios experimentales sugiere efectos protectores de los componentes del té verde, como la epicatequina y el galato de epigalocatequina─necesita ser fundamentado mediante más investigaciones.
► Urato
El urato (ácido úrico), el producto final del metabolismo de las purinas como es la adenosina es un potente antioxidante y circula en el cuerpo en concentraciones elevadas. Estudios de laboratorio de modelos celulares y roedores con EP han proporcionado pruebas consistentes de que el urato puede proteger contra la degeneración dopaminérgica de las neuronas, probablemente por la activación de la Nrf2/respuesta antioxidante. Debido a que se cree que el estrés oxidativo representa un papel en la patogénesis de la EP, se espera que las concentraciones elevadas de urato se asocien con un riesgo menor de EP.

En la cohorte HAAS se observó una tendencia inversa entre el urato sérico medido al inicio y la incidencia de la enfermedad en los 30 años siguientes. Esta observación fue apoyada por los resultados del estudio de Rotterdam y el HPFS. En la cohorte HPFS de 18.000 hombres, el riesgo de EP fue 55% menor en los hombres en el cuartil más alto del plasma en comparación con los de los cuartilos más bajos. Po otra parte, esta asociación inversa fue independiente de la edad, el IMC, el tabaquismo, el consumo de café y otros aspectos del estilo de vida (por ej., actividad física y consumo de alcohol) que han sido relacionados con la EP y la uricemia.

Un metaanálisis de 2007 de datos prospectivos sobre el urato y el riesgo de EP mostró un riesgo sustancialmente menor de la enfermedad en las personas con concentraciones plasmáticas de urato más elevadas, una reducción del 20% en la proporción de la tasa de EP por cada desviación estándar (1,3 mg/dL) en la concentración de urato sanguíneo. Varios estudios prospectivos de cohortes más recientes han proporcionado evidencia adicional del urato sérico como un factor de riesgo inverso de EP, particularmente en los hombres. El riesgo de la enfermedad también se redujo en las personas con gota, como se muestra en dos estudios de cohortes prospectivas independientes, pero este hallazgo no se halló en un tercio de los participantes.
Además de la concentración sérica de urato en sí, los determinantes genéticos y ambientales (dietéticos) de la concentración de urato también han sido relacionados con el riesgo de EP, apoyando la hipótesis de una relación causal y modificable entre la concentración de urato y la EP. SLC2A9 es un transportador de urato y la variación en su gen es el determinante genético de la concentración de urato sanguíneo conocido más importante. Los polimorfismos SLC2A9 predictivos de mayores concentraciones séricas de urato se han asociado con un comienzo más tardío de los síntomas.
Del mismo modo, un índice genético compuesto de las concentraciones más bajas de urato, incluyendo el polimorfismo de un solo nucleótido en SLC2A9 y 8 genes diferentes de los genes asociados al urato, fue significativamente mayor en las personas con EP en comparación con los participantes control. Sin embargo, en un estudio de casos y controles, el polimorfismo de un solo nucleótido de SLC2A9 no se asoció con EP. Complementando estos denominados enlaces de genes de urato a la EP, el consumo elevado de urato contenido en los alimentos (por ej., fructosa) se asoció con un riesgo reducido de EP en la cohorte del HPFS seguida en forma prospectiva).
La asociación epidemiológica con el riesgo de EP en poblaciones saludables impulsó la investigación de la relación entre el urato y la progresión de la enfermedad en los participantes de dos estudios clínicos muy rigurosos, a largo plazo, conocidos como Parkinson Research Examination of CEP-1347 Trial (PRECEPT)1 y el Deprenyl and Tocopherol Antioxidative Therapy of Parkinson’s Disease (DATATOP). Estos 2 estudios juntos incluyeron a más de 1.600 pacientes con EP temprana, y en ambos estudios, el cociente de riesgo de alcanzar el objetivo primario del estudio─por ej., el desarrollo de la suficiente discapacidad para requerir el tratamiento dopaminérgico─disminuyó con el aumento de la concentración de urato sérico.
La similitud de las características de la población y del diseño de ambos estudios permitió el análisis agrupado y la justificación de una tasa decreciente de progresión de la discapacidad en función de la concentración de urato sérico en la fase temprana de la enfermedad. En un análisis por sexo, se observó que los hombres tenían una reducción más robusta y progresiva del cociente de riesgo con la concentración creciente de urato, lo que no fue corroborado en las mujeres.
Sin embargo, esta diferencia entre ambos sexos puede deberse a que se incluyeron menos mujeres y a que las concentraciones de urato fueron más bajas en las mujeres que en los hombres. En un subgrupo de participantes PRECEPT, se observó una firme asociación inversa similar entre el urato basal y la pérdida del iodo123-marcado 2ß-carboximetoxi-3ßß- (4-iodofenil) tropano ([¹²³I] β-CIT) estriatal, un marcador del transportador presináptico de dopamina.
En DATATOP, la concentración sérica de urato fue muy predictiva de una velocidad de declinación clínica menor en los participantes que no recibieron vitamina E, pero no en aquellos que reciben 2.000 UI por día, coherente con una interacción competitiva entre los efectos protectores putativos del urato y la vitamina E como antioxidante. De hecho, en contraste con los resultados del DATATOP para la cohorte completa, en aquellos en el quintil más bajo del urato sérico, el tratamiento con vitamina E pareció disminuir significativamente la velocidad de la progresión clínica.
Un estudio aleatorizado mendeliano de 735 participantes DATATOP y PRECEPT con el ADN disponible dirigió la causalidad de la relación entre las concentraciones elevadas del urato sérico y la progresión más lenta de la EP utilizando una variante genética del transportador de urato SLC2A9 como proxy inconfundible de las concentraciones de urato sérico. Consistente con los estudios de población previos, las variaciones en SLC2A9 se asociaron estrechamente con las concentraciones séricas de urato.
Los alelos de SLC2A9 asociados a las concentraciones más bajas de urato sérico también se asociaron con una progresión clínica más rápida. En un ensayo en fase II, aleatorizado, doble ciego, en general la inosina fue segura, tolerable y eficiente en elevar las concentraciones de urato en el suero y el líquido cefalorraquídeo en la EP temprana. Se está realizando un ensayo en fase 3, en individuos con EP temprana. Para evaluar si la elevación del urato con inosina es una terapia potencial modificadora de la EP. Los resultados preliminares sugieren que las mayores concentraciones de urato podrían ser beneficiosas para prevenir y tratar otras afecciones neurodegenerativas, incluyendo la enfermedad de Alzheimer, la enfermedad de Huntington y la esclerosis lateral amiotrófica.
► Actividad física
La relación inversa entre la cantidad de actividad física y el riesgo de EP fue Informada primero prospectivamente en el Nurses 'Health Study y el HPFS, y luego demostrada en 5 estudios longitudinales adicionales (Harvard Alumni Health Study, CPS-IIN, NIH-AARP Diet and Health Study, Finnish Mobile Clinic Study y el  Swedish National March Cohort). Los resultados combinados de estos estudios muestran que la actividad física frecuente moderada o vigorosa se asocia con una reducción del 34% de EP. El hecho que el riesgo de EP en la edad adulta tardía se asocie estrechamente en forma inversa con la escolaridad secundaria y la actividad universitaria, o con las edades entre los 35 y los 39 años argumenta contra de la causalidad inversa.
Si bien la posibilidad de que los individuos predispuestos a la EP tiendan a evitar la actividad física extenuante en la edad adulta temprana no puede ser excluida, estos resultados son consistentes con el efecto neuroprotector de la actividad física, una Interpretación apoyada por los resultados experimentales en modelos animales de EP. Entre los mecanismos propuestos para este efecto neuroprotector se hallan el aumento del urato sérico, la mayor liberación de factores neurotróficos (por ej., el factor neurotrófico derivado del cerebro; del inglés: BDNF), la regulación positiva de PGC1α, y la regulación de la rotación de dopamina. Los beneficios potenciales del ejercicio en las personas con EP son un tema de investigación activa, incluyendo ensayos aleatorizados.
► Fármacos antiinflamatorios no esteroideos (AINE)
Frecuentemente, en la EP, la degeneración neuronal se acompaña de una respuesta glial importante─con predominio de la activación de la microglía─lo que propagaría la neurodegeneración. Por lo tanto, es posible que los AINE puedan contribuir al retraso o la prevención del inicio de la EP clínica suprimiendo las respuestas proinflamatorias de la microglía. En la primera investigación prospectiva evaluatoria de la eficacia de los AINE para la prevención o el retraso de la aparición de la EP en los participantes de las cohortes de Nurses’ Health Study u HPFS, los usuarios de AINE (definidos como los que consumen ≥2 veces por semana) tuvieron un riesgo de EP 45% más bajo que los no usuarios.
En la cohorte CPS-II se halló menor riesgo de EP en los usuarios de ibuprofeno, pero no los usuarios de otros AINE. Un resultado similar se halló en las cohortes extendidas del Nurses’ Health Study and HPFS. En un metaanálisis que incluyó datos de las cohortes anteriores y del UK General Practice Research, Group Health Cooperative y el Rochester Project, con un total de >2.700 casos incidentes de EP, el uso regular (de diferente definición en los estudios) de ibuprofeno se asoció con un 27% de reducción del riesgo de EP, mientras que no se halló asociación de otros AINE. Los resultados de dos estudios longitudinales  posteriores apoyan la ausencia de una asociación entre el uso de AINE y el riesgo de EP, pero no fueron informados específicamente los resultados para el ibuprofeno.
La discordancia de los resultados obtenidos entre el ibuprofeno y otros AINE sugiere que el ibuprofeno posee propiedades protectoras. Entre los mecanismos propuestos para la Los efectos protectores del ibuprofeno, el principal es la activación de PPARγ, un objetivo terapéutico propuesto para la EP. Entre varios AINE de uso común, el ibuprofeno también está más estrechamente asociado al menor riesgo de enfermedad de Alzheimer y a la menor concentración de sustancia amiloide β en los modelos animales de esta enfermedad. Por lo tanto, el ibuprofeno merece mayor atención como agente neuroprotector potencial para la EP y otras enfermedades neurodegenerativas.
► Bloqueantes de los canales de calcio
Aunque no hay evidencia convincente de que existe una relación entre la hipertensión arterial y el riesgo de EP, el uso del bloqueante de los canales de calcio dihidropiridina─comúnmente indicado como hipotensor─en algunos estudios (pero no en todos) se asoció con una reducción del riesgo de EP. Debido a los posibles mecanismos (bloqueo de los canales de calcio inducido por el estrés metabólico en las mitocondrias de las neuronas dopaminérgicas que degeneran en la EP) y hallazgos que muestran un efecto protector de los bloqueantes de los canales de calcio en los modelos animales, en un ensayo de fase 3 con pacientes con EP se está investigando la isradipina.
► Estatinas
Las estatinas tienen potentes propiedades antiinflamatorias e inmunitarias que modulan los efectos supuestamente beneficiosos para la EP, pero también disminuyen la concentración plasmática de la coenzima Q10. Esta coenzima es un componente esencial de la cadena respiratoria mitocondrial y un potente antioxidante, habiéndose formulado la hipótesis que actúa contra el desarrollo de la EP. Aunque las dosis elevadas de coenzima Q10 no traen beneficios para los pacientes con EP temprana, su  reducción podría tener efectos deletéreos.
Se han mezclado los resultados de los estudios epidemiológicos que evalúan el efecto de las estatinas sobre el riesgo de EP. NO se halló ninguna asociación en varios estudios basados en los registros de prescripciones, incluyendo la UK General Practice Research Database, la corte de Rotterdam y los estudios en Canadá y Dinamaca. Por el contrario, en la base de datos de US Veterans Affairs se halló una asociación inversa de la simvastatina, como así también en el Nurses ' Health Study y HPFS, una conclusión apoyada por un metaanálisis y los hallazgos de un estudio realizado en Taiwan.
Sin embargo, se informó mayor riesgo de EP en los usuarios de estatinas del Atherosclerosis Risk in Communities Study. Este aparente efecto adverso se atribuyó a una disminución del colesterol plasmático, el cual, en esta cohorte estaba inversamente relacionado con el riesgo de EP. Este resultado se basó solo en 56 casos incidentales de EP y debe interpretarse con cautela. En general, si el uso de estatinas o las concentraciones del colesterol en la sangre están relacionados con el riesgo de EP sigue siendo incierto. El potencial terapéutico de la simvastatina en la EP está siendo investigada en un ensayo de fase 2.
► Flavonoides
Se ha reportado una asociación inversa moderada entre la ingesta de flavonoides y el riesgo de EP entre los participantes del HPFS comparando el quintil de ingesta más alto vs. el más bajo), pero no en el Nurses 'Health Study. Este resultado no ha sido probado en otras cohortes.
► Patrones dietéticos
En los participantes de las cohortes del HPFS y Nurse´s Helath Study, se consideró un patrón dietético prudente al caracterizado por una ingesta elevada de frutas, verduras y pescado, el cual se asoció con un menor riesgo de padecer EP, para el quintil más alto vs. el más bajo. Los mismos resultados se obtuvieron por un Índice de alimentación sana alternativa en las mismas cohortes.
Ambos resultados necesitan ser confirmados en estudios independientes. Una investigación minuciosa de la relación de la dieta con el riesgo de EP requiere una evaluación completa y actualizada de la dieta y el estado nutricional de grandes poblaciones. Pocos estudios cumplen con estos requisitos. En el Nurses 'Health Study y el HPFS, la dieta ha sido evaluada mediante cuestionarios alimentarios validados, implementados cada 4 años. La cohorte CPSD-IIN ha seguido un enfoque similar.
Otros estudios longitudinales sobre la dieta y EP basados en la frecuencia de los alimentos incluyen el HAAS, el NIH-AARP, el estudio Finnish Mobile Clinic y el estudio EPIC Greece, incluyendo 28.572 hombres y mujeres y 88 casos de EP incidente, pero para la predicción del riesgo de EP durante décadas estos estudios se basaron en una sola evaluación dietética. Aunque esto ha servido para detectar asociaciones fuertes, como la asociación con el café en el HAAS, podría no ser adecuado para detectar asociaciones más moderadas y para ajustar los sesgos por múltiples nutrientes relacionados. Por lo tanto, la relación entre la mayoría de los componentes dietéticos y el riesgo de EP sigue siendo muy incierta.
► Implicancias para la prevención y progresión de la EP
La prevención primaria de la EP plantea varios problemas. Debido a que en la mayoría de las personas envejecidas el riesgo de EP es superado por el riesgo de enfermedad cardiovascular, cáncer o enfermedad de Alzheimer, cualquier intervención en la población general que pudiera obtener incluso efectos adversos modestos sobre el riesgo de EP, el cáncer y la enfermedad de Alzheimer podría ser contraproducente. En la parte superior de la lista de intervenciones beneficiosas no solo para prevenir la EP sino también la mayoría de las otras enfermedades, figura el aumento en la actividad física.
La cafeína también tiene un perfil general favorable para la salud, pero al menos en las sociedades occidentales parece probable que la mayoría de los individuos ya está consumiendo una cantidad bastante óptima (con excepción de las personas que no toleran la cafeína, para quienes el consumo no es una opción), de modo que probablemente el margen de mejoría es pequeño.
Si las asociaciones inversas informadas en relación con la dieta fueran sustanciales, otras intervenciones adicionales podrían incluir la adherencia a un patrón dietético saludable y el aumento de la Ingesta de flavonoides. Alternativamente, las intervenciones más especificas podrían estar dirigidas a individuos con riesgo inusualmente elevado de EP (como las personas con mutaciones LRRK2), o en la fase prodrómica de la EP, que puede ser identificada por una combinación de síntomas no motores, como el estreñimiento, el comportamiento del movimiento ocular rápido durante el sueño, el desorden y la hiposmia y, las técnicas de imagen.
Los estudios epidemiológicos son útiles para ayudar a establecer objetivos biológicos entre los cientos sugeridos por los datos de laboratorio, lo que justifica aumentar las inversiones necesarias para desarrollar ensayos de terapias modificadoras de la enfermedad. Ejemplos de intervenciones desarrolladas predominantemente con datos epidemiológicos son los ensayos en curso de tratamiento con nicotina (prueba del efecto de un parche de nicotina transdérmico que libera 7-28 mg/día sobre el cambio en el puntaje del Unified Parkinson’s Disease Rating Scale [UPDRS] más allá de los 60 meses en 160 pacientes con EP temprana; cafeína (400 mg/día durante 5 años en 119 individuos con EP; el principal cambio será en el resultado principal del Movement Disorder Society [MDS]-UPDRS e inosina, para la elevación del urato en los pacientes con EP.
El ensayo de inosina está inscribiendo Individuos con EP temprana y concentraciones séricas de urato <5,7 mg/dl; la inosina debe ser titulada para lograr una concentración de urato de 7-8 mg/dL, y el resultado primario es la tasa de cambio en el MDS-UPDRS durante un período de 24 meses. Si estos ensayos son exitosos (es decir, demuestran un beneficio clínico), la nicotina, la cafeína o la inosina podrían ser propuestas no solo para el tratamiento sino también para la prevención de la EP.
FIGURA 4
Balance de los factores genéticos y ambientales que subyacen en la aparición de la EP
Se utilizaron pesas más grandes para los factores de con evidencia de mayor impacto epidemiológico. Se incluyeron solo los factores apoyados por múltiples estudios, pero la presentación no es exhaustiva y es solo con fines ilustrativos. Los factores incluidos podrían o no ser causales. TBI = lesión cerebral traumática. CCB = bloqueantes de los canales de calcio.

≈ Conclusiones y orientaciones futuras
En los últimos 10 años, varios estudios longitudinales identificaron varios factores de riesgo de EP, incluidos algunos que podrían orientarse a reducir el riesgo de la enfermedad o retardar su progresión.
Aunque la prueba de causalidad es incompleta debido a la escasez de ensayos en seres humanos, la evidencia es suficientemente fuerte como para promover la actividad física y, posiblemente, las dosis moderadas de cafeína para la prevención primaria de la EP. El tratamiento óptimo para las personas con EP debe basarse principalmente en los resultados de los ensayos que ahora están en curso para la elevación del urato, la cafeína, la nicotina, las estatinas, la isradipina y la actividad física.
Se requieren más investigaciones para dilucidar el papel de otros componentes, como el tabaco, el ibuprofeno y los factores dietéticos en la patogénesis y progresión de la EP. Idealmente, esta investigación debe centrarse en los individuos con riesgo elevado o que se hallan en la fase prodrómica de la EP, quienes tienen las mayores posibilidades de recibir beneficios de las intervenciones neuroprotectoras.
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